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Pequeñas lecciones de vida‏


Hay libros insospechados. Uno lee, por recomendación de un escritor, alguna obra meritoria. Y sí, ocurre que la lectura resulta estar a la altura de la recomendación. Pero también pasa, por esas sorpresas de la vida, del misterioso mundo de los libros, que uno se encuentra con un texto literario de gran capital humano. El caso es que cayó en mis manos la obra Soñador, de A. Amin Sauá Llanes y me quedé gratamente sorprendida por la manera sencilla y detallada que tiene el autor de contar los dolores y las alegrías. Hay cierta sabiduría rondando las muchas páginas del libro publicado por la Editorial Gráfica Continua SA.

A. Amin Sauá Llanes estuvo en prisión por razones políticas. Cuenta que cuando salió en libertad sintió la experiencia de quien vuelve a nacer. Pero también el duelo interior: “Lo triste es que uno advertía que los compañeros se quedaban ahí adentro, mirando cómo uno se aprestaba para salir. Entre esos compañeros estaba, repito una vez más, Juan Carlos Dacosta”.

Y dice también que aquel compañero de celda tuvo que sufrir el destino cruel de la muerte en manos de sus torturadores. Para Amin, Juan Carlos Dacosta ha sido un solitario héroe de verdad. Tome nota el lector de la emocionante recordación del autor: “Lo envidio en el buen sentido de la palabra porque fue capaz de morir, inauditamente, por sus ideales”.

Algo raro: Los lectores encontrarán sus sueños, registrados por su memoria prodigiosa. ¿Cómo una mente puede recordar pormenorizadamente lo soñado durante la noche? Sigmund Freud hubiera tomado apunte apasionado de este sueño suyo: “Estoy en una reunión social y aparece un amigo, este se muestra amigable, me saluda y se despabila abrumándome con lisonjerías: ‘... qué lindo semblante, qué pelo más sedoso y fino, no se sabe si estos cabellos blancos están de moda o no, lo cierto es que te dan un aire de señorío...’ y palpa mi frente igual que uno trata de arreglar los cabellos revueltos de un bebé a merced de los vientos. Yo no podía saber en el sueño profundo que todos esos movimientos eran una travesura para colocar entre mis cabellos un chicle previamente masticado. El amigo en el sueño me alcanza un peine y zarandeando nuevamente mis cabellos me dice ‘arréglatelo, que salimos de parranda’, y yo, incapaz de decir que no, que es lo que sentía en ese momento, me aliso el cabello con el peine y descubro el chicle enredado y amasijando el pelo. No le doy tiempo para reírse, me lo voy encima con una avalancha de patadas a diestra y siniestra y acto seguido siento un dolor agudo en el dedo gordo del pie: las patadas fueron a dar directamente contra la pared que está casi pegada a mi cama”.

Hay pasajes que nos acercan su visión mesurada en torno al mundo. Y su amor por la naturaleza, en especial por los árboles. Cierto es que se hace profundas interrogaciones. Dice que escribe pensando en el beduino que fue su padre. Pero sospecho que escribe porque desea dejar un legado. Y cuán bello legado el suyo, ciertamente. Filosofando expresa que la vida es corta, que el más duro mineral se pudre con el paso del tiempo, que las ciudades se desmoronan, las costumbres de los pueblos cambian, así como los climas y el curso de los ríos.

Ilumina fugazmente el alma del lector cuando cuenta con sencillez que hay una palmera venida de lejos en su patio. He aquí su suerte de verso: “A veces pienso que esa palmera soy yo mismo, aguantó mucho, vino de lejos y habla solamente cuando el viento silba”.

Delfina Acosta
desde Asunción del Paraguay
4 de Diciembre de 2011

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