Discurso de Adolfo Bioy Casares al recibir el premio Cervantes (1990)

Antes de leer el Quijote, en dos ocasiones tomé la pluma para escribir literariamente. En la primera lo hice para llamar la atención de una muchacha; en la segunda para imitar a Conan Doyle y a Gaston Leroux. Debo aclarar que en aquella época mis ambiciones no eran literarias. Lo que yo realmente quería era correr cien metros en nueve segundos y ser campeón de box y de tenis.

Cuando leí el inolvidable comienzo y todo aquel primer capítulo que nos refiere cómo era Don Quijote, dónde y con quiénes vivía, sentí una emoción muy fuerte. Había en ella un dejo de ansiedad, porque Don Quijote abandonaría esa vida apacible, para salir en busca de aventuras, y una fascinación que probablemente el despreocupado tono del relato exacerbaba.

Si mal no recuerdo, antes de concluir el primer capítulo supe que yo quería ser escritor. Sin duda lo quise para contar, en tono despreocupado, historias de héroes que dejan la seguridad de su casa o de su patria y el afecto de su gente, para aventurarse por mundos desconocidos. No tardé ciertamente en emprender la composición de una larguísima novela, en cuyas páginas iniciales un joven español llegaba a Buenos Aires para hacer la América.

Nuestro futuro es inexcrutable y los caminos de la vida trazan extraños dibujos. Quién me hubiera dicho que al cabo de 60 años felices, ocupados en contar historias, yo recibiría el premio que lleva el nombre del querido escritor que me inició en las letras. Tengo por afortunada casualidad la circunstancia de que mi primera ambición literaria no haya sido de gloria, sino de suscitar algún día en los lectores una fascinación como la que despertó en mí una novela. Quien aspira a la gloria, piensa en sí mismo y ve a su libro como un instrumento para triunfar. Sospecho que para escribir bien, debemos pensar en el libro, no en nosotros.

Poco tiempo después, en una antología escolar, encontré las coplas de Jorge Manrique A la muerte de su padre. Con emoción jubilosa admiré el fluir de los versos y escuché la tranquila enunciación de las inexorables verdades de nuestro destino. Diríase que la conjunción de limpidez poética y de veracidad profunda no dejaron lugar para que la tristeza del tema me acongojara. Vi en el poema cuanto parecía confirmar mi convicción de que la vida es para una sola vez y que por ello debemos estar atentos mientras la recorremos. Reparé asimismo en los versos que podían servirme de talismanes contra la vanidad. Desde luego, los de la primera estrofa, pero también:

¿Qué se fizo el rey don Juan?Los infantes de Aragón¿Qué se fízieron?¿Qué fue de tanto galán,qué fue de tanta invención,como trujeron?En aquellos días, mi plan de trabajo consistía en leer todos los libros y escribir otros tantos. Como la novela en preparación postergaba las historias que se me ocurrían, la hice a un lado y, con alivio, me puse a escribir un libro de relatos que no gustó a nadie. Borges atribuyó mis errores al apresuramiento; no me dejé engañar por su generosa hipótesis: comprendí que los errores provenían de la inmadurez de mi criterio. Para mejorarlo estudié manuales de técnica literaria y, cuando descubrí Agudeza y arte de ingenio de Gracián, proyecté un libro similar.

Muy pronto hubo un cambio de planes. Yo publicaría un arte de escribir, a imitación de uno "en veinte lecciones" de Valbuena, que me prestó mi tío Miguel Casares. Estaba seguro de que en el análisis de los errores cometidos en mi libro de relatos, encontraría leyes valiosas. Debió de parecerme que nada mejor podía hacer con mi experiencia de fracaso como escritor, que emplearla para la composición de un arte de escribir. No me pregunté qué opinarían los lectores. En una tarde muy lejana, mi padre me habló de fray Luis de León; se refirió, conmovido, a las famosas palabras "como decíamos ayer" y recordó estrofas de Vida retirada.

No creo haber olvidado esos versos. Fray Luis no proponía tópicos retóricos; decía las verdades que yo quería oír. Mostraba cuán insustanciales son los triunfos de la vanidad y recomendaba la vida retirada. A ésta la interpreté, primero, como una isla remota y solitaria, a la que nunca llegué, salvo en mis novelas; después, como la casa de campo donde viví durante cinco años; por último, como la vida privada, que llevo mientras puedo.

De los poemas de fray Luis pasé a sus hermosas traducciones de Horacio. Una lectura lleva a otra: la suerte me deparó Horacio en España, el encantador libro de Marcelino Menéndez y Pelayo. En sus páginas se cotejan traducciones de Horacio por numerosos escritores españoles, portugueses y latinoamericanos, de diversas épocas. Este cotejo, en el que participé como lector, me pareció un utilísimo ejercicio literario. Las traducciones de los Argensola me agradaron particularmente, pero la mayor revelación para mí fue la espléndida Epístola a Horacio de Menéndez y Pelayo. Asombra cómo, para la fama, un mérito oculta a otro. Porque se admira en Menéndez y Pelayo al erudito, se le olvida como poeta. Carta a unos amigos de Santander para agradecerles el regalo de una biblioteca es otro poema suyo que siempre releo. De este modo, con aciertos de lector y con errores de escritor, fui internándome en el ancho mar de la literatura o, para saludar una vez más a don Marcelino, en El ancho mar de Píndaro y de Safo.



Doy las gracias a sus majestades los Reyes, que honran con su presencia este acto; a quienes me confirieron el premio y a quienes ahora me acompañan tan amistosamente; a los colegas y a los periodistas de España, de nuestra América y de mi país que, al enterarse de la decisión del jurado, escribieron sobre mí y sobre mis libros, con una generosidad que nunca olvidaré; a los amigos que me hicieron sentir que se alegraban aún más que yo; a mucha gente que por las calles de Madrid y, después, por las calles de Buenos Aires, me detuvo para felicitarme. Quiero también expresar mi gratitud a un escritor que no está aquí, pero que está presente: Cervantes, a quien le debo la literatura, que dio sentido a mi vida.

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