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Borges y Bioy: Una amistad entre biombos

Edwin Williamson es el biógrafo más autorizado de Borges. Cuando se publicó el célebre diario de Bioy, le preguntamos si la lectura de ese libro había modificado en algo su visión de Borges. Este ensayo, escrito en exclusiva para Letras Libres, es su respuesta.



Borges solía opinar que la amistad es una de las pasiones argentinas y, desde esta perspectiva, su larga amistad con Adolfo Bioy Casares debería de contar como una de las más grandes pasiones de su vida. Bioy Casares fue el compañero literario más asiduo de Borges, así como el coautor de un buen número de textos literarios, cuentos y guiones cinematográficos. No es de extrañar, por tanto, que la publicación póstuma del diario de Bioy sobre su amistad con Borges haya despertado tanto interés. Sin embargo, este extensísimo libro ha sido recibido –hay que decirlo– con cierta decepción; más que un diario es en realidad una vasta miscelánea de breves observaciones acerca de tal o cual figura literaria o de un sinfín de libros, películas, ensayos y artículos de prensa; hay también anécdotas, trozos de conversación, bons mots de mayor o menor fortuna, boutades que habrían sido escandalosas en su día y una corriente de chismes, que llegan a cansar por su abundancia, sobre figuras del entorno social, especialmente sobre damas con pretensiones literarias de la alta sociedad porteña. El lector nota en seguida una grave deficiencia editorial: la falta de un índice para ayudarle a navegar este maremágnum de impresiones y pareceres. También hay que constatar que se trata aquí de una versión trunca de esta amistad, ya que el diario de Bioy empieza en el año 1947, una década y media después de su primer encuentro con Borges. Además, es precisamente en estos quince años anteriores al diario donde se encuentran las claves para comprender las razones del extraordinario lazo que unió a estos dos grandes hombres de letras del mundo hispano.





Se conocieron por primera vez en casa de Victoria Ocampo hacia el final de 1931, en una fiesta que la grande dame de la cultura argentina ofreció en honor de un escritor francés visitante. Recordando ese primer encuentro, Bioy escribe en el diario que “no fue admiración por sus escritos lo que me atrajo; fue mi admiración por su pensamiento expresado en las conversaciones” (31 diciembre de 1963, pp. 969-970). Congeniaron de inmediato y se quedaron sentados en un rincón charlando sobre temas literarios. A cierta altura Borges, torpe como siempre, derribó una lámpara de mesa, llamando la atención de la anfitriona, que se deslizó hacia ellos y siseó: “No sean mierdas, vengan y hablen con mis invitados”. El accidente de Borges con la lámpara fue “una gaucherie que me lo señaló como un alma gemela entre gente tan segura de sí y tan cómoda”, escribe Bioy (31 diciembre de 1963, pp. 969-970). En vez de hacerle caso a Victoria, decidieron marcharse y seguir con su conversación en el coche en el que Bioy llevaba a casa a su nuevo conocido. En realidad, la amistad tardó tres años más en consolidarse porque poco tiempo después de este encuentro, Adolfito, que estudiaba leyes en la Universidad de Buenos Aires, se aburrió de sus estudios y se fue a vivir a Rincón Viejo, la estancia de la familia, y los dos nuevos amigos sólo se verían de vez en cuando, ya que a Borges no le agradaba salir mucho de Buenos Aires.



En todo caso, a pesar de esta simpatía instantánea, eran hombres muy diferentes. Para empezar, había una considerable diferencia de edad: Bioy tenía sólo dieciocho años en esa época y Borges treinta y dos. Provenían de entornos muy distintos: Borges era un producto de la clase media, mientras que la familia de Bioy Casares era un pilar de la oligarquía ganadera. Bioy estaba acostumbrado a la vida rural, pero Borges era decididamente un hombre de ciudad. (Sin embargo, Bioy mismo me contó que Borges decidió darse ínfulas de hombre de campo cuando visitó su estancia por primera vez, pero al intentar montar a caballo se resbaló de su montura y cayó de bruces al suelo.) Además, donde Adolfito era guapo, con un apetito insaciable por las mujeres, el pobre Borges sufría de una timidez patológica ante el sexo opuesto. Hasta diferían en sus gustos literarios: en ese periodo Bioy admiraba la vanguardia mientras que Borges ya estaba de vuelta de todo aquello y aspiraba a convertirse en un escritor “clásico” de estilo parco y reticente. ¿Cómo explicar, entonces, las razones de esta amistad tan duradera?



En este diario encontramos una pista importante. Dice Bioy que el día de la fiesta de Victoria Ocampo (pp. 969-970) Borges acababa de publicar “Nuestras imposibilidades”. Este ensayo salió en la revista Sur en la primavera austral de 1931, por lo cual podemos constatar que cuando conoce a Bioy por primera vez, Borges estaba sufriendo todavía la crisis personal más aguda de su vida. La causa principal fue el rechazo de Norah Lange, una joven poeta argentina de origen noruego que había sido su musa en los años veinte. Esos fueron los años en que Borges había sido el poeta más admirado de la nueva generación. Había traído las ideas de la vanguardia europea a Buenos Aires, y en particular el expresionismo, a base del cual había concebido un nuevo criollismo, que consistía por la mayor parte en la glorificación del “culto del coraje” de cuchilleros y compadritos de los arrabales de su ciudad natal. Su más alta aspiración entonces había sido escribir una novela épica de la vida de Buenos Aires, tal como Joyce había hecho con Dublín en el Ulysses. En este periodo también Borges llevó a cabo un impresionante protagonismo en el campo de la política cultural de su país: fundo un comité de jóvenes intelectuales que militaron a favor de la reelección a la presidencia de Hipólito Yrigoyen, el gran caudillo populista del partido Radical, a quien el joven Borges idolatraba. Fue una época de suma felicidad, pero a finales de 1926 sus proyectos empiezan a deshacerse cuando Norah Lange se enamora bruscamente del poeta Oliverio Girondo, su más odiado rival dentro de la nueva generación argentina. Para rematar esta desgracia, su héroe Yrigoyen es derrocado por un golpe militar en 1930, y esto da la estocada al proyecto criollista de Borges. Fue precisamente en el ensayo “Nuestras imposibilidades” donde expresa su desilusión con el criollismo.



Este desastre personal es el hecho capital que explica su extraordinaria evolución del poeta whitmaniano que aspiraba a ser de joven hacia el escritor desilusionado, al kafkiano, que aparece una década más tarde. Su amor por Lange estaba tan compenetrado con sus ideas estéticas que estas entran en crisis: abandona la poesía y comienza a buscar una nueva salida para su escritura, una búsqueda que va a durar hasta el final de la década del treinta. De hecho, unos pocos meses antes de su encuentro con Bioy había publicado un ensayo clave. En “La postulación de la realidad” rechaza la abierta expresividad del escritor “romántico” (la postura que había sido la suya en los años veinte) y opta por la reticencia del “clásico” para quien la experiencia vital y la emoción no son reveladas directamente al lector. Unos tres meses después de conocer a Bioy en Villa Ocampo, publica otro ensayo fundamental, “El arte narrativo y la magia”, donde arremete contra el supuesto realismo de la novela moderna. El arte narrativo no consiste en ofrecer un espejo del mundo, sino en crear “un orbe autónomo”, “un juego preciso de vigilancias, ecos y afinidades”, cuya causalidad es más afín a las operaciones de la magia que a las supuestas leyes naturales de lo que en todo caso es una realidad insondable tanto para el autor como para el lector. En 1933 empieza a ensayar esta nueva reticencia expresiva en una serie de relatos biográficos que reunirá en Historia universal de la infamia (1935). En el prólogo a este libro se describe como “asaz desdichado”, señal de que la crisis provocada por la deserción de Norah Lange no ha sido superada; sigue la tortura de insomnios y pesadillas que lo había llevado a contemplar el suicidio en 1934.



Fue en esta coyuntura tan difícil para Borges, concretamente durante una semana que pasaron juntos en la estancia de Bioy en el invierno austral de 1935, que la mutua simpatía se convirtió en amistad. Fue decisiva una discusión literaria que sostuvieron una noche. A Bioy le sorprendió que Borges argumentara a favor de un arte deliberado: “Tomaba partido con Horacio y con los profesores contra mis héroes, los deslumbrantes poetas y pintores de vanguardia”. El resultado fue que “al día siguiente, a lo mejor esa noche”, como Bioy recordó en sus Memorias, se “mudó de bando” y se acogió a las ideas de Borges.



No es difícil ver por qué Bioy se hizo tan amigo de Borges: este fue el catalizador de su imaginación creadora. Más difícil es explicar la atracción de Borges por el joven Bioy. Ciertamente habría que tomar en cuenta el efecto halagador para Borges de adquirir un converso a las ideas literarias que estaba desarrollando en un periodo en que se encontraba aislado y temía haber fracasado como escritor. Pero, es más: Bioy me reveló en una entrevista que Borges le había confesado su amor desventurado por Norah Lange desde el comienzo de su amistad, y que era evidente que allí había un daño profundo, una herida que no había cicatrizado. Bioy, en efecto, iba a convertirse en el hombre de confianza de Borges, una posición que mantuvo casi por el resto de la vida de su amigo. Por ejemplo, el 20 de julio de 1956, Bioy observa en su diario:



La señora [la madre de Borges] me cuenta que ante cualquier dificultad Borges dice: “Tengo que consultar con Adolfo”. Esto le hace gracia a la señora, por la diferencia de edad entre nosotros. “Parece que fueras el mayor”, observa ( p.180).



Treinta años más tarde, el día 21 de abril de 1985, escribe: “Borges muchas veces me confió los suyos [sus amores] y me consultó sobre la conducta a seguir; yo a él nunca.” Esto sugiere que la amistad, en su nivel mas profundo, se basaba en una especie de tácito intercambio: Borges era una constante fuente de inspiración literaria para el escritor más joven, mientras que Bioy era su consejero y soporte moral en las peripecias del amor que tanto sufrimiento le causaban.



A principios de 1940 la amistad entró en una nueva fase cuando Bioy se casó con Silvina Ocampo y se fue a vivir a Buenos Aires en un amplio departamento del elegante Barrio Norte. Se desarrolló una especie de ritual: Borges pasaba por allí casi todas las noches, y después de cenar él y Bioy trabajaban en algún proyecto literario. Cada jueves, Silvina y Adolfito ofrecían una velada para sus amigos literarios. De vez en cuando les pedían a uno o dos invitados más que se unieran a ellos para cenar con Borges, lo cual no era gran cosa por lo que a la comida se refiere, porque los Bioy no se distinguían por el esplendor de su mesa: solían servir algún plato improvisado por Silvina de lo que pudiera haber encontrado en el frigorífico esa noche, y además acompañado de agua, ya que los anfitriones no bebían alcohol. El placer era ver a Borges bajar la guardia en esas reuniones íntimas y mostrarse ingenioso, cargado de chismes maliciosos e inventivo en los juegos que ideaba para poner a prueba la amplitud de las lecturas de los comensales.



Durante estos años empezó la colaboración de los amigos en los cuentos de don Isidro Parodi y otros textos, como también en varios guiones cinematográficos. Los textos que escribieron juntos –muchos de ellos con los seudónimos de H. Bustos Domecq y B. Suárez Lynch– eran concebidos por ambos como diversiones, casi como una extensión por escrito de las conversaciones que Bioy registra en su diario.



Al mismo tiempo, ambos dieron a la luz obras importantes: Bioy publicó La invención de Morel en 1940 y Borges la colección El jardín de senderos que se bifurcan en 1941 y Ficciones en 1944. Pero, según me contó Bioy mismo, cuando se trataba de obras que ellos consideraban como trabajo serio no hubo colaboración alguna: no discutían sus works in progress, ni se mostraban sus manuscritos.



Esta reserva entre los amigos era consecuente con su propia estética: el autor “clásico” oculta al lector la experiencia primaria que dio lugar al texto literario, pero Borges llevó esta estética de encubrimiento a tal extremo en las ficciones de los años cuarenta y cincuenta que le ganó la reputación de escritor frío y cerebral, reputación que llegó a incomodarle. Por ejemplo, le comenta a Bioy en una ocasión que su amiga Estela Canto es muy inteligente: “Fue la única persona que advirtió que en mis cuentos hay emoción. No puede escribirse sin emoción” (5 de mayo de 1962, p. 766). Efectivamente, aún en los años cuarenta, el periodo de máxima reticencia, Borges escribía con emoción; es decir, se enfrentaba a sus más profundos conflictos en su escritura, sondeaba su propia conciencia en una especie de buceo de esa zona de su vida que no le revelaba a nadie, ni siquiera a su mejor amigo. Borges en estos años seguía siendo “asaz desdichado”, y, según Bioy, se mostraba todavía “muy sensible” con el tema de Norah Lange; pero, a pesar de ser su hombre de confianza, Bioy notaba que había “cierto trasfondo”, “algo misterioso”, algo que mantenía Borges “oculto” y que reservaba a su “vida secreta”.



El ejemplo más señalado de la emoción que Borges invertía en sus textos de este periodo es “El Aleph”, que empezó a escribir hacia el final de 1944, más o menos cuando conoció a Estela Canto en una fiesta en casa de los Bioy. “El Aleph” relata la desesperación de Borges por la imposibilidad de olvidar su amor no correspondido por Beatriz Viterbo, aun después de la muerte de esta. Y la razón de su esclavitud dantesca a la memoria de una mujer que no lo quería es que Borges sabe que sin ella nunca podrá alcanzar el ideal poético de expresar en palabras la esencia del mundo en una especie de exaltación mística. Ya muerta Beatriz, se le concede a Borges la oportunidad de experimentar tal exaltación por un brevísimo espacio gracias al “aleph”, una pequeña esfera mágica incrustada en el sótano de una casa que está a punto de ser demolida. En este contexto, se podría decir que Beatriz Viterbo fue ideada como un avatar ficticio, un recuerdo nostálgico, de Norah Lange, la musa de su juventud y el paradigma de la mujer deseada y perdida para siempre.



“El Aleph” se publicó en 1945, dos años antes de que Bioy comenzara a escribir la crónica de sus relaciones con Borges. El contraste de tonalidad emocional entre el cuento y el diario apenas podía ser más grande, y revela dos facetas encontradas de la personalidad de Borges. De todas maneras, cuando Bioy inaugura su diario los amigos se han ajustado a una rutina placentera; la pasión de su amistad argentina ha disminuido hasta parecerse a una calma relación matrimonial, donde ya no hace falta resolver diferencias o tensiones porque la pareja conoce tan bien sus gustos y sus antipatías. Quizás por eso son muy raras las veces que Bioy se explaya en reflexiones sobre el carácter de su amigo, o sobre su obra y pensamiento. En este libro, desde luego, no hay grandes revelaciones, nada que aporte algo de sustancia a la biografía de Borges, aunque se encuentran de vez en cuando interesantes muestras de su carácter y sus rasgos humanos.



Lo que se desprende claramente es que Borges era un hombre dominado por sus emociones. Bioy a veces señala las agudas variaciones en su estado anímico. Describe su manera tan intensa de reír: “Prorrumpe en gritos de risa –ayes agudos y altos–, de los que baja, todo él, a una suerte de sollozo” (18 de febrero 1964, p.1003). También le llama la atención su sentimentalismo, cuando le refiere Borges un cuento de Galsworthy: “Hacia el final, los músculos de su cara se estiran en espiral, como esbozando la mímica del sollozo. Dos veces últimamente, asistí a estas pruebas de emotividad” (2 de noviembre, 1963, p. 972). Se ve claramente que la conversación literaria era su máxima diversión social. La mayor parte del diario consiste en un aplastante caudal de opiniones sobre una enorme cantidad de obras o autores, opiniones que pronto empiezan a cansar por ser tan caprichosas, perversas u obsesivas en su mayoría. La verdad es que Borges no era un buen conversador: no sabía cómo conectar con su interlocutor, sólo le interesaba explayarse en citar y recitar, o emitir juicios sobre escritores vivos y muertos, sobre amigos, rivales y enemigos del mundillo literario en que se movía. De vez en cuando notamos cómo Silvina se irritaba con él, y hasta Bioy a veces apunta cómo Borges “perora” en la sobremesa sin dejar lugar a otras personas. Esto es una manifestación práctica en la vida cotidiana de ese solipsismo, esa “irrealidad”, que figura como un tema constante en su obra.



El diario nos permite apreciar hasta qué punto la biblioteca de su padre seguía siendo el hecho capital de su vida: esa biblioteca, donde había estado recluido hasta los once años en vez de asistir al colegio con otros niños, había sido una especie de salón de juegos donde el pobre niño solitario pasaba largas horas, y Borges da muestras aquí de estar como varado en un mundo de la imaginación formado en la infancia. Cita repetidamente a ciertos escritores de lengua inglesa por los cuales sentía una admiración incondicional (Stevenson, Kipling, Chesterton, Wells), todos ellos escritores de la época victoriana tardía o edwardiana, o sea, de la época de su niñez, y autores, además, de short stories de misterio, fantasía o aventuras. Asimismo, en cuanto a temas argentinos, Borges vuelve una y otra vez a cosas de gauchos y cuchilleros, figuras con las que el pequeño Georgie se topó en los libros de Eduardo Gutiérrez y en la poesía de Evaristo Carriego, amigo de su padre, que lo había introducido al “culto del coraje” en su adolescencia. Parece ser que, en el fondo, lo que realmente hacía vibrar la imaginación de Borges eran historias de héroes y de malvados, historias de acción en que un hombre se juega la vida para descifrar su destino.



Sin embargo, por mucho que buscara refugio en el alucinante mundo de los libros no podía protegerse del todo de los embates de la realidad. Sobre una muchacha de la que dice estar enamorado, declara: “Yo creía que lo que más me importaba en la vida era el germanismo; veía a esta chica como un entretenimiento entre etimología y etimología […] He necesitado que esta chica me diga que quiere a otro, para comprender que ella es lo único que me importa en la vida” (5 diciembre 1963 p. 987). De hecho, es notable su casi permanente infelicidad: “¿Cómo voy a hacer para aguantar el día de mañana?”, se queja a Bioy, y le comenta que cuando uno está abatido conviene buscar un dentista para sacarse una muela y así distraerse de la desdicha por un tiempo (27 noviembre de 1963 p. 982). Su infelicidad se debe casi siempre a las zozobras de su vida sentimental. En efecto, uno de los valores de este diario es que permite apreciar cuánto sufrió por amores. “Refiere Borges las desdichas de su amor romántico”, escribe Bioy, “las vicisitudes, los análisis, las conjeturas.” Y le aconseja al amigo: “No tenés que convertirte en monomaníaco” (p. 996). Pero era inútil: Borges no podía superar la manía de buscar una mujer que lo amara: “Vos sabés cómo me exalto. Así es toda mi vida. Una cadena de mujeres” (p. 991).



Tampoco deja lugar a dudas este diario sobre la gran sombra que la madre proyectaba en la vida del hijo. Después de ganar el Premio Internacional de los Editores en 1961 fue invitado a la Universidad de Texas como profesor visitante. Bioy nota que el día de su partida la madre, que iba de su compañera, no le permite a Georgie salir de casa, y le avisa: “Nada de romper el cordón umbilical” (9 de septiembre de 1961, pp. 752-53). Pero la relación no estaba exenta de conflicto. En una ocasión Borges le comenta a su amigo: “Dulce hogar: oxímoron” (11 de noviembre de 1971, p. 1421). La oximorónica situación se debía sin duda a una contradicción fundamental en el seno de la familia entre los valores de la imponente madre católica por un lado y el padre calavera por el otro, contradicción de la cual da fe este intercambio:



BORGES: Madre dice que los años en Ginebra fueron los más felices de su vida. No podía ignorar, sin embargo, que Padre la engañaba con todas las mujeres que tenía a tiro.



BIOY: ¿Tu padre era muy mujeriego?



BORGES: Sí; pero me pregunto siempre por qué elegía a las parientas y amigas de Madre.



BIOY: ¿Qué pretendes? ¿Que saliera a cazar desconocidas? Un hombre que vive con su mujer, se acuesta con las personas que ve en la casa.



BORGES: Él me dijo: “Vos sabés que tengo una historia con Fulana y Zutana. Mirá: a mí no me importan mucho las mujeres. Nunca me hicieron sufrir. Si me quieren las aprovecho; si no, me tienen sin cuidado.” Vale decir que sus amores eran una forma de su indiferencia. A Madre debió de quererla mucho. (11 de noviembre de 1971, p. 1421).



La oximorónica situación familiar de Borges debe de haber influido en su actitud hacia el sexo, de la cual Bioy da un ejemplo interesante. Cuando le proponen a Borges hacer una película de su relato “La intrusa”, este se horroriza porque quieren mostrar una mujer desnuda: “¡Qué porquería: mujeres desnudas en el baño!” Lo cual ocasiona una de las pocas reflexiones de Bioy en este diario:



Para Borges el sexo es sucio. Por mucho tiempo me dejé engañar, porque entendía que lo excluía, en literatura, por un expediente fácil, socorrido y un poco necio. No; esa burla oculta, con alguna vergüenza de que lo tomen por mojigato, un violento rechazo. La obscenidad le parece una culpa atroz: puta no es la mujer que cobra, sino la que se acuesta. (29 diciembre 1972, p. 1458).



En otro pasaje el cronista amplía esta percepción después de escuchar a Borges quejarse por enésima vez de las desgracias que estaba sufriendo a manos de alguna que otra de sus supuestas novias: “Tengo una intuición: la relación con esta mujer debe ser un noviazgo blanco. Con noviazgo blanco quiere retener a las mujeres. [...] Sin comprender la realidad, habla de su trágico destino repetido y de que por una fatalidad siempre aparece un hombre y se las quita” [El énfasis es mío] (19 octubre de 1963, p. 963).



Este comentario demuestra cómo los amores desgraciados de Borges eran otra manifestación de su solipsismo: no podía o no quería reconocer que ese “trágico destino” era el producto, en última instancia, de su terror ante la realidad del sexo. También podemos apreciar cómo el traumático rechazo de Norah Lange en los años veinte se convirtió en la imaginación de Borges en una melodramática “fatalidad”. De hecho, el rechazo se había repetido con una serie de mujeres, incluso con Haydée Lange, la hermana de Norah, quien también lo rechazó en 1941 a favor de otro hombre, y cuyo abandono inspiró el angustiado poema “La noche cíclica”: “Volverá toda noche de insomnio: minuciosa./ [...] El tiempo que a los hombres/ trae el amor o el oro, a mí apenas me deja/ esta rosa apagada.”



No obstante, hay que considerar este “trágico destino repetido” en el marco de una situación que evoluciona. Esa “realidad” que Borges no comprendía le fue presentada de manera ineludible a mediados de los años cuarenta por Estela Canto, que le puso por condición de casamiento el probar el sexo con ella de antemano. Bioy una vez me comentó que Borges “sufrió muchísimo con Estela”, y es una lástima que el diario no dé mas detalles sobre esta tormentosa relación, ya que Bioy y Silvina la presenciaron de cerca en sus tres fases distintas. De todos modos, lo que realmente impresiona de Borges es cómo llega a enfrentarse con tanto valor a sus fantasmas. Es un proceso que sigo en detalle en mi biografía, y es interesante notar en el diario de Bioy algunos pasajes que confirman esta evolución.



Borges va reconociendo poco a poco el papel que juega su madre en la perpetuación de su “trágico destino repetido” con las mujeres. De hecho, hizo varios intentos de rebelarse contra la voluntad materna, intentos que culminaron durante su amistad romántica con María Esther Vázquez, la relación que más atención merece en este diario. Adolfito y Silvina creían que había buenas posibilidades de casamiento pero parece ser que doña Leonor estaba totalmente opuesta. “Madre es muy dominante”, le confiesa Borges a su amigo. “Sólo le gustan las mujeres que sabe que a mí no me gustan” (18 de febrero de 1964, p. 1002). Piensa que hay que ponerle el cascabel al gato: “Hay que decirle que voy a casarme con María Esther”. Bioy le aconseja:



Tenés que armarte de paciencia contra las salidas de tu madre; quitale importancia al casamiento. Al fin y al cabo, no sos una niña. Sos un hombre hecho y derecho. No te van a llevar, como se la llevaron a Norah [la hermana de Borges, que se casó con Guillermo de Torre]. Vas a estar siempre ahí. Tenés que mostrarte animoso y de buen humor, como quien disipa truculencias imaginarias. No es para tanto, debe ser el lema.



La rebelión contra Madre no llegó a realizarse, entre otras razones porque María Esther se casó con otro hombre en 1965. Este fracaso sentimental sirvió para avanzar la lenta y dolorosa toma de conciencia de Borges: a finales de ese mismo año se lanza a componer una serie de cuentos (más tarde reunidos en El informe de Brodie) que narran, en conjunto, un proceso de liberación de trabas psicológicas que habían sido fraguadas dentro de su entorno familiar desde su primera juventud.



Quizá la más amarga ironía que se dio en la vida de Borges fue que, cuando por fin llegó a comprender las razones por su “trágico destino” con las mujeres, las posibilidades de rebelarse estaban ya tan cercenadas por su ceguera y la extrema vejez de doña Leonor que tuvo que resignarse a un casamiento con una viuda que Madre había elegido para que lo cuidara. Fue un desastre, y Bioy registra esporádicamente las tribulaciones de Borges con su cónyuge hasta su separación en 1970. Lo que no registra Bioy es que para buscar alivio de sus desgracias matrimoniales, Borges acude a la compañía de la joven María Kodama. Después de la separación, esta amistad se convierte en una relación amorosa, como queda confirmado por el hecho de que unos meses después de un viaje a Islandia en abril de 1971, donde se había declarado a María, Borges compuso un breve cuento de corte claramente autobiográfico. “Ulrica” trata de un viejo profesor sudamericano que conoce a una chica noruega que le ofrece una noche de amor; este “milagro” le recuerda una muchacha que le había negado su amor en su juventud (Norah Lange era de familia noruega).



Parece ser que Bioy no se percató de la creciente influencia de María Kodama en la vida íntima de su amigo. A su regreso de Islandia, Borges escribió otro cuento con resonancias autobiográficas que alude indirectamente a su traumática iniciación sexual en Ginebra, donde visitó a una mujer a instancias de su padre. “La noche de los dones” trata de la iniciación sexual de un muchacho cuando una joven prostituta se ofrece a hacer el amor con él para premiar su renuncia al opresivo machismo de los cuchilleros que frecuentan el prostíbulo; esta experiencia coincide con la muerte a manos de la policía del “gaucho malo” Juan Moreira, una figura central del “culto del coraje” inventado por Evaristo Carriego, el amigo de su padre mujeriego. El 29 de mayo de 1971 Bioy escribe que Silvina y él discutieron largamente con Borges su “futuro cuento sobre la muerte de Moreira”. Bioy se detiene en cuestiones de técnica literaria, pero es Silvina quien da en el clavo: “La muerte de Juan Moreira no es lo importante para el héroe; lo importante es la primera experiencia del amor” (p. 1364). El parecido entre “Ulrica” y “La noche de los dones” salta a la vista: el tema de ambos es el amor sexual como experiencia liberadora, y la oposición entre diosa idealizada y puta queda borrada por la muchacha que en ambos relatos se ofrece libremente al hombre, don que es aceptado en un espíritu de maravilla y asombro.



La muerte de Madre en 1975 deja a Borges más libertad para dedicarse a María Kodama, pero la relación con su joven “secretaria” empieza a suscitar celos y hostilidades en Buenos Aires. Entonces comienzan los frecuentes viajes al extranjero, cuyo aliciente principal para Borges era el poder compartir su intimidad con María durante largas temporadas sin interferencias de familiares, amigos ni, desde luego, de los voraces medios argentinos. Y conforme se afianza su relación con María disminuyen sus visitas a Bioy. Borges ya no confiaba como antes en su amigo; parece haber tardado bastante en comunicarle a Bioy lo que significaba María en su vida. No es hasta el 9 de diciembre de 1976 que Bioy se entera de la situación:



Quiere decirme algo y la voz se le quiebra en llanto. “Una cobardía, pero qué importa una más”, agrega, sobre el hecho de hacerme una confidencia. Me cuenta también que está enamorado de María Kodama (9 de diciembre de 1976).



Bioy se habría dado cuenta de que María lo había sustituido en su papel de consejero, y es posible que sintiera cierto resentimiento. Aun así, sólo de vez en cuando registra el enfriamiento de la amistad. El 19 de septiembre de 1983, escribe:



Cuando le pregunté cómo le iba en su vida, me contestó: “Muy bien” y se calló. La circunstancia de que no se internara en confidencias, como era usual, parece indicativa de una nueva actitud. Es triste, si vemos la vida como un cuento, que una amistad como la nuestra se quiebre en los últimos tramos.



Ya para los años ochenta el enfriamiento llega al borde de la ruptura: Bioy no fue informado que le habían diagnosticado cáncer de hígado a Borges en septiembre de 1985, tampoco de la decisión de partir para Ginebra. El día 12 de mayo de 1986 recibió una llamada telefónica desde Suiza. Era María Kodama que le informaba que Borges estaba en un estado delicado de salud:



Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba: “Regular, nomás”, me respondió. “Estoy deseando verte”, le dije. Con una voz extraña, me contestó: “No voy a volver nunca más.” La comunicación se cortó. Silvina me dijo: “Estaba llorando”. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse. (p. 1986)



Al mes de esta comunicación, Bioy va a un quiosco a comprar un libro y un joven desconocido le da la noticia de que Borges ha muerto:



Seguí mi camino […] sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges. Que a pesar de verlo tan poco últimamente yo no había perdido la costumbre de pensar: “Tengo que contarle esto. Esto le va a gustar. Esto le va a parecer una estupidez.” Pensé: “Nuestra vida transcurre por corredores entre biombos. Estamos cerca unos de otros, pero incomunicados. Cuando Borges me dijo por teléfono desde Ginebra que no iba a volver y se le quebró la voz y cortó, ¿cómo no entendí que estaba pensando en su muerte?” (14 de junio de 1986, p. 1592).



En realidad este inmenso diario es un testimonio inconsciente del biombo más engañoso que, a fin de cuentas, separó a Bioy de su amigo. Como se ve en cada página, Bioy estaba fascinado por el genio de Borges, por su obra, su inteligencia, su juicio literario, sus salidas y ocurrencias, tan fascinado que a la larga se olvidó que en los textos de su amigo, brillantes como eran, había también mar de fondo, se habían escrito con emoción. De todos modos, si María Kodama lo reemplazó como confidente era porque le llevaba una ventaja decisiva: estaba capacitada para entrar precisamente en esa “vida secreta” que era la fuente de toda la escritura de Borges; ella, en fin, pudo ofrecerle el amor, la experiencia que él tanto anhelaba y que “una cadena de mujeres” le había negado.



Borges murió el 14 de junio de 1986; en su testamento María Kodama fue nombrada la heredera universal de sus bienes. Bioy escribe: “Las personas que me hablaban acerca de la muerte de Borges en Ginebra, lo hacían polémicamente, a favor de María, o contra María; quizá a favor de la familia o de la cocinera Fanny” (febrero de 1987, p. 1594). Pero él “no quería azuzar inquinas que se entrecruzaban en la posteridad de Borges”, y se defendía “de personas tan interesadas en la satisfacción de sus aversiones, que parecían no sentir tristeza por la muerte de mi amigo”, afirmando que “Ginebra no era para él un destierro. La recordaba siempre con nostalgias. Y qué lujo: tener un amor, y aun mal de amores, a los ochenta y tantos años.”



No obstante, asoman indicios de la hostilidad que iba a llevar a Bioy a ponerse del lado de los enemigos de Kodama, como se ve en este apartado: “Viajó [Borges] para mostrarse independiente y, de paso, para no contrariar a María”. Pero se consuela porque cree que su amigo murió contento. En el último apartado del diario anota trozos de una conversación con Jean Pierre Bernès, el profesor francés que había estado con Borges en las últimas semanas de su vida para preparar una edición francesa de su obra para la colección La Pléiade. Bernès le cuenta que hacia el final, cuando le leyó “Ulrica”, Borges dijo simplemente: “Soy un escritor” (1989, p.1596). ~



por: Edwin Williamson

Fuente: http://www.letraslibres.com/

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