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A própósito de Borges video 3

Curiosamente, en este punto Borges no acaba de hacer justicia al cristianismo, al menos al cristianismo romano. Para los católicos la inmortalidad no es un premio per se. La maldición del infierno es ni más ni menos una forma de la eternidad. El alma de un condenado es imperecedera, sus castigos, eternos. El infierno es el lugar de llamas, de odio continuo, donde no hay ninguna esperanza, un espacio donde "el llanto y rechinar de dientes" no tendrá fin. La inmortalidad pura y llana no es ni un premio ni un castigo. Por eso, los católicos romanos también temen de alguna manera a la inmortalidad. Un alma incorruptible es un arma de doble filo.

Por otra parte, Borges acierta al reconocer que la inmortalidad feliz requiere —vaya paradoja— de una cierta forma de "abnegación", de negación del propio yo. Borges reconoce abiertamente que sería muy aburrido ser el mismo para toda la eternidad. La frase puede ser entendida como un recurso retórico, como una salida ingeniosa Admite también una lectura más seria: un reconocimiento de que la propia finitud jamás garantizará la propia felicidad, ni siquiera distendida infinitamente en el tiempo. No basta vivir eternamente para ser feliz. ¿Qué más hace falta para ser feliz? La respuesta Borgeana es paradójica: dejar de ser uno mismo.
Borges se aproxima nuevamente al catolicismo. El cielo cristiano implica un vaciamiento del propio yo, vacío que debe ser llenado por Dios. No seremos felices porque seamos nosotros mismos (Borges no será feliz afirmando radical y taxativamente su identidad como Borges); seremos felices porque de alguna manera seremos divinizados: estaremos inmersos en Dios. Nuestro propio yo es desplazado por la divinidad en el cielo.
Paulo de Tarso escribió, parafraseando palabras de un poeta griego, "en Dios existimos, nos movemos y somos". El panteísmo acecha. Mucha tinta gastaron los padres de la Iglesia para dotar a este versículo de un sentido teísta y evitar una lectura neoplatónica. El cristianismo teológico vive de continuo amagado por el panteísmo. La esencia de la vida de los bienaventurados en el cielo es la íntima relación con la Divinidad. La tentación diabólica "seréis como dioses", con que la serpiente seduce a Eva en el relato bíblico es hecha realidad por la redención cristiana. Es una paradoja verdaderamente desconcertante. Los cristianos "son como dioses", pues son familiares íntimos de Dios. Entre la filiación divina de los cristianos y la propuesta diabólica existe una zanja profundísima, pero muy angosta, y por tanto, fácil de saltar. Que muchos cristianos carezcan de inclinaciones panteístas se debe a su ignorancia de teología y no a su ortodoxia.
Borges parece muy cercano al cristianismo cuando se percata de que la única inmortalidad satisfactoria es aquella en la que el propio yo se ha desvanecido; pero este desvanecimiento (¿aniquilamiento?) le parece sumamente problemático. Motivos tiene: no es sencillo conciliar la negación del propio yo en favor del crecimiento de Dios en el alma. Los teólogos cristianos requieren de la luz sobrenatural de la fe para resolver la cuestión.
Dios y Borges
Nietzsche escribió que nunca fue lo suficientemente tonto como para creer en Dios. Su ateísmo es punto de partida y no de llegada. En Borges ocurre lo inverso: el ateísmo simple y llano nunca se presenta como una alternativa absolutamente válida. Oscila entre el agnosticismo, un teísmo más o menos nostálgico y desalentado, y un panteísmo que es mucho más que un dato anecdótico de su experiencia espiritual. El escritor argentino pierde la fe cristiana por razones estrictamente teológicas y no por motivos frívolos.
Borges no puede aceptar un Dios trino. Así lo afirma taxativamente. Su refinado y meticuloso rechazo del dogma trinitario es digno de un heresiarca antiguo. [2] La discusión parecería anticuada en algunos ambientes neoilustrados. No es extraño que Borges haya resultado un autor profundamente conservador para el gusto de liberales ilustrados y materialistas. Venir a perder la fe en el cristianismo por las procesiones trinitarias es un motivo comprensible en un teólogo cristiano, pero enormemente banal para un moderno, ordinariamente enfrascado en otro tipo de discusiones.
Así pues, Borges abandona el cristianismo —por así decirlo—por motivos profundamente teológicos. [3] Sus motivos son des concertantes para quienes no están al tanto de las discusiones del tratado De Deo Trino. No obstante, las largas reflexiones de Borges sobre las herejías ejercen un atractivo sobre los hijos de la ilustración. Empero, esas páginas no son un alarde de culturalismo esotérico: en ellas se discute de manera oblicua el destino del alma de Jorge Luis Borges.

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